El otro día entré al cuarto de mi hijo y ahí estaba, con su toalla de baño como bata, un estetoscopio de juguete y un muñeco tirado en la cama. «Mamá, este paciente tiene fiebre y necesita reposo absoluto», me dijo con una seriedad que ni el doctor de urgencias. Intenté no reírme y seguirle la corriente, porque claro, en su mente él no estaba jugando: él era un doctor.
Todos los niños en algún momento juegan a ser alguien más. Hoy son chefs y preparan un menú de plastilina, mañana son arquitectos construyendo torres imposibles con bloques y pasado astronautas viajando en una caja de cartón. Y aunque para nosotras parezca solo un juego, en realidad están aprendiendo más de lo que imaginamos.
A través del juego, nuestros hijos no solo imitan lo que ven, sino que empiezan a entender cómo funciona el mundo. Cuando mi hijo juega a ser doctor, no solo se divierte: está practicando la empatía, organizando ideas y entendiendo cómo cuidar a los demás. Cuando “atiende” a sus pacientes (sus peluches, su hermana o, en los peores días, yo), está procesando información y aplicándola en su pequeño hospital imaginario.
Recuerdo cuando quiso ser panadero por un día. Sacó harina, agua y un batidor (que después tuve que rescatar de un desastre pegajoso), pero verlo medir, mezclar y hablar sobre su “negocio de pan” me hizo darme cuenta de lo importante que es este tipo de juego. No se trata solo de divertirse, sino de cómo cada experiencia le abre la puerta a nuevas ideas y le permite soñar con lo que quiere ser cuando crezca.
Así que ahora, cuando lo veo con su casco de cartón apagando incendios invisibles o diseñando túneles en la sala con los cojines del sofá, respiro hondo y lo dejo. Porque en esos momentos en los que su imaginación lo convierte en un profesional, no solo está jugando: está descubriendo su lugar en el mundo.