La alarma sonó a las 6:30 de la mañana y, por un segundo, juré que era una broma de mal gusto. Miré el techo y pensé: “detengan todo… no estoy lista para esto”. El silencio de las vacaciones se terminó de golpe, reemplazado por el sonido de las cucharas contra los tazones de cereales y el murmullo de la tele de fondo para que no se me duerman en la mesa.
Ahí estábamos. Leo, repasando mentalmente que no se le olvidara el cuaderno de borrador (porque el horario de verdad es un misterio que solo se revela en la segunda semana), y Matilde, saltando como si le hubieran dado una bebida energética al desayuno porque finalmente usaría su mochila de las guerreras K-pop.
El contraste era casi cómico. Mientras yo intentaba que Leo se terminara la leche antes de que se pusiera tibia, Matilde me preguntaba por décima vez si en el colegio la dejarían llevar a su muñeca Rumy para que no se sienta sola ahora que entra a pre-kinder. Mi esposo, en un intento heroico de mantener la paz, servía jugos en cadena mientras yo, con el café frío en la mano, miraba los uniformes. Los probamos hace dos días y estaban perfectos, pero hoy, verlos puestos oficialmente, me hizo darme cuenta de que el verano les dio un estirón que no estaba en mis planes.
Llegamos a la entrada del colegio. El caos habitual: furgones, mamás corriendo y el ruido de mil mochilas nuevas. Leo me dio un beso rápido, casi por compromiso, y caminó hacia sus amigos con esa seguridad que me hace querer detener el tiempo.
Matilde, en cambio, me apretó la mano con fuerza. No hubo despedida en el portón; me tocó entrar con ella, esquivando mochilas gigantes, hasta encontrar su nueva sala de pre-kinder. Una vez adentro, tuve que cumplir con todo el protocolo: dejarla instalada en su banco, acomodarle a Rumy en la mochila para que «pudiera ver todo» y darle un último toque al peinado porque, obviamente, se le había soltado un mechón en el camino. Justo antes de soltarme, me miró con esos ojos enormes y me preguntó: “¿Vas a volver, mamá?”.
Esa pregunta es la kriptonita de cualquier madre. La culpa, esa vieja amiga que nunca se toma vacaciones, apareció de la nada. Me sentí mal por haber deseado, hace apenas tres días, que por fin empezaran las clases para tener una hora de silencio. Me sentí mal por no haber jugado más en la playa. Me sentí mal porque, en el fondo, una parte de mí también tiene miedo de que crezcan tan rápido.
Les di el último abrazo, apretando fuerte, tratando de memorizar el olor a protector solar que todavía le queda en la piel. La vi sentada ahí, tan pequeña frente a su mesa, y el patio se me hizo gigante mientras caminaba hacia la salida.
Ahora estoy aquí, sentada en el sofá. La casa está en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido del refrigerador. No hay gritos, no hay piezas de lego clavándose en mis pies, no hay nadie pidiéndome una merienda cada cinco minutos.
Se supone que este es el momento que todas esperamos, ¿no? El famoso «regreso a la libertad». Pero aquí estoy, mirando la hora para ver cuánto falta para ir a buscarlos. Es la gran contradicción de la maternidad: pasamos el verano agotadas, contando los días para la rutina, y el primer día de clases nos quedamos mirando las fotos de las vacaciones con un nudo en la garganta.
Hoy, entiendo que el regreso a clases no es solo comprar útiles o forrar libros. Es aceptar que ellos están listos para conquistar sus propios mundos, aunque yo todavía no esté lista para soltarles la mano del todo.
En dos semanas más, seguro me estaré quejando por las tareas de matemáticas, pero hoy, solo por hoy, me permito extrañarlos un poquito más de la cuenta.