Reflexicones de una mamá conejo: Cómo sobrevivir a los huevos de chocolate y a mis propias expectativas

Eran las once de la noche y ahí estaba yo, en cuclillas en medio del living, escondiendo huevos de chocolate detrás de las cortinas como si fuera una agente secreta en una misión de alto riesgo. Mi esposo ya se había rendido y dormía hacía rato, pero yo seguía ahí, obsesionada con que la «experiencia» fuera perfecta para Leo y Matilde.

Recuerdo la primera Pascua de Leo. Él era pequeño… recién tenía un añito y algo y yo, tenía una montaña de expectativas. Compré el canasto más lindo, los huevos más caros y planeé una ruta digna de una búsqueda del tesoro profesional. ¿Qué pasó? Se frustró a los dos minutos porque era muy chico para tanta aventura, terminó llorando porque un huevo se rompió y yo terminé sintiéndome la peor madre del mundo por no haber «logrado» que se divirtiera. Alerta de colapso.

Hoy, la escena es distinta, pero la presión interna sigue ahí, agazapada.

El domingo se van a despertar y van a correr por toda la casa. Leo, con esa energía competitiva que me agota de solo mirarlo, y Matilde, que probablemente se distraiga con un papelito brillante y se olvide de que hay chocolate de por medio. Y yo voy a estar ahí, con el café frío en la mano, tratando de evitar que Leo le gane todos los huevos a su hermana y rezando para que nadie termine con un berrinche antes del mediodía.

A veces me pregunto: ¿Para quién hago todo esto? ¿Para ellos o para la idea de madre que creo que debería ser?

Esa que se supone que tiene que estar radiante, celebrando la resurrección, mientras en realidad solo estoy pensando en las manchas de chocolate que voy a tener que sacar del sillón más tarde. Nos autoexigimos crear momentos mágicos como si tuviéramos un manual de instrucciones que todos recibieron menos una.

La maternidad real es eso que pasa mientras intentas que la foto de los niños con orejas de conejo salga enfocada. Es la contradicción de querer dormir hasta las diez de la mañana pero levantarte a las seis para que la magia no se rompa. Es la culpa de pensar «ojalá esto termine rápido» y, al mismo tiempo, la ternura infinita de ver sus caras de asombro cuando encuentran ese último huevo escondido en el lugar más obvio del mundo.

La mañana del domingo no va a ser perfecta. Matilde probablemente se coma el chocolate antes del desayuno y Leo se va a quejar de que «el conejo» no le trajo el huevo gigante que vio en el supermercado. Yo voy a suspirar, voy a mirar a mi esposo con cara de «ayúdame» y vamos a seguir adelante.

Porque al final, la magia no está en el chocolate, sino en el caos que somos capaces de sostener sin desarmarnos. O desarmándonos un poquito, que también se vale.

Hoy, después de varias Pascuas en el cuerpo, entiendo que el conejo no trae huevos, trae la oportunidad de vernos en el espejo de nuestras propias expectativas y decidir, aunque sea por un domingo, que estar cansada y ser una buena mamá pueden vivir en la misma frase.

Yo, Mamá 💜🌸

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